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No context periodista en la playa con ropa de pauta

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Quién diría que yo iba a terminar en una playa siendo tan tropi-chic…

La vida me cambió, sí, en un abrir y cerrar de ojos. A pesar de que considero este cambio como una aventura; me da por extrañar a mi familia y amigos cada 20 minutos. Recuerdo buenos momentos en Caracas y deseo hundirme en los brazos de mi mamá; pero siempre sigo con la idea de que «esto es un propedéutico» y que «por lo menos estoy en Venezuela«.

Los fines de semana son difíciles porque como no tengo muchas ocupaciones, me da por pensar y extrañar más; pero por lo menos hasta ahora, he resuelto esos bajones emocionales con baños de playa.

Lo que nunca imaginé

Hay un sitio en Margarita que me gusta muchísimo, es la bahía de Juan Griego; considero que es mi lugar favorito, me sirve para desconectarme y solo quedarme ahí viendo la belleza y tranquilidad que por momentos me brinda mi país. Este fin de semana quería visitarlo para olvidarme un poco de todo lo que me hacía falta mi ciudad natal; sin embargo, tenía guardia, así que no me pude alejar mucho de Porlamar porque tenía una pauta el sábado y una aún más importante el domingo por la noche.

Y así hice; como no debía salir de Porlamar, aproveché el fin de semana para lavar, ir a la playa y tratar de sacudirme la tristeza. El domingo a las 6:00 p.m. ya estaba lista para ir a la fiesta aniversario de un hotel en Pampatar; debido a las características, me puse «una buena pinta», me monté sobre unos tacones (sí, aquí es más fácil usar tacones); y me fui con la fotógrafa y el chófer al hotel en cuestión.

Al llegar descubrimos que la pauta no era para el domingo, sino para el lunes por la noche, así que fuimos básicamente a perder el tiempo; no nos quedó de otra  que volvernos a subir al carro e irnos a nuestras casas. La fotógrafa vive en Pampatar así que la dejamos a ella primero.

Después de dejarla, el chófer me dijo que me iba a dar una vuelta para que conociera Pampatar (solo conocía el bulevar); indicándome como haría para llegar en camionetica a todas esas playas de por allá. Yo, como no conozco todavía la isla así, a profundidad, acepté con emoción.

Y así fue, bajé el vidrio de la ventana para empezar a descubrir los rinconcitos del pueblo de Pampatar; para dejarme envolver por el olor a mar y encariñarme con la brisa cálida de la isla. Recorrimos el pueblo; el señor me fue diciendo los nombres de cada lugar, cómo llegar y cómo regresar; al cabo de un rato se estacionó en un puente, y me dijo que me bajara para que viera la playa de Pampatar.

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Me bajé, en tacones, maquillada y con un vestido blanco vaporoso, como si fuera la versión neo-chic de la llorona, con el celular en la mano y las estrellas en los ojos; era la primera vez que estaba en una playa de noche, todo era tan distinto; era muy tranquilo, y el reflejo dorado del sol al atardecer que estaba acostumbrada a ver en la bahía de Juan Griego, se había transformado por un reflejo suave y plateado del satélite natural y un montoncito de luces. No podía con la emoción; así que, no aguanté, me quité los tacones y como si tuviera siete años, salí corriendo a mojar los pies en el agua del mar.

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La gente que ahí estaba me veía como si se tratara de una loca, quizá por el vestido blanco pensarían que se trataba de una novia fugitiva, jajaja; no lo sé, yo estaba muy preocupada siendo feliz en ese lugar que me había recibido para darme una nueva anécdota.

Desde atrás escuchaba las risas del chófer, que no se resistió y empezó a tomarme fotos con su celular, mientras me gritaba que no me metiera a la playa con la ropa. De un momento a otro detuve mi euforia; dejé de prestarle atención al sonido de las olas para ponerme en sintonía con el ruido del ambiente y detuve mi sonrisa: qué lástima que no está mi familia para compartir tanta dicha conmigo.

Margarita y su encanto 

Aquí estoy, ya con 15 días en la isla, extrañando y añorando los abrazos de mi hermana, los besos de mi mamá y compartir con mis amigos, pero aquí donde estoy, acompañada de esta soledad, no está en mis planes volver a la ciudad que, aunque me vio nacer, nunca me regalaría tanta magia y tranquilidad un domingo por la noche.

Abrazos,

Gen-

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