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Y así «nomá», ya tengo un año en Santiago

Yo sólo dejé que Santiago me echara los perros

Una amiga muy querida siempre repite: «después de una gran desgracia, llega una gran bendición». No diré que mi «gran desgracia» fue Bogotá, porque no lo fue. Bogotá es una ciudad que me atrapó desde el primer momento; con sus áreas verdes en cualquier esquina, el cielo encapotado a toda hora y hasta sus trancones que; Dios mío, una vez hasta me hicieron perder un potencial empleo.

Pero en fin; Bogotá no fue mala, hice buenos amigos allá; compartí con gente maravillosa y maduré a los trancazos; dejé de ser idealista y me bajé de la nube, pero si de algo estoy segura es que, llegar a Chile en efecto, fue mi «gran bendición».

Éste no es mi país; pero lo siento como si lo fuera, no quiero sonar como una extranjera creída o jala mecate; más bien quiero que al leer éste texto, sientan optimismo de que uno sí puede encontrar un lugar en el mundo en el que se sienta como en casa. Obviamente, superar el invierno ha sido una de mis pruebas más duras, pero los chilenos con las que he tenido la fortuna de compartir, se han encargado de cuidarme de una u otra forma. Y eso, es lo que más le agradezco a esta tierra de temblores y parrillas.

Al llegar a Santiago nada parecía fácil, estuve mes y medio muriéndome de angustia, pensando en que había tomado una mala decisión al venirme para acá, pero el amigo que aquí me recibió, siempre encontraba la palabra perfecta para tranquilizarme, a pesar de que siempre existen presiones que te obligan a encontrar trabajo, como que si eso fuera soplar y hacer botella.

Recuerdo esos MUY calurosos momentos de angustia y preocupación; de presupuesto reducido y de sentirse derrotado, en esos días siempre recordaba a mi amiga, la que les cité en la primera línea: «después de una gran desgracia, llega una gran bendición»; quizá esa sí era mi desgracia, tener más de un mes en Chile, no tener empleo y seguir viviendo en el sofá de mi amigo…, ok, pronto llegará la bendición, toca esperar. Y así fue.

Al mes y medio de haber llegado a éste país; encontré empleo como Periodista Digital en una agencia consultora, una empresa que desde el primer día ha sido muy empática y abierta conmigo. Creyeron en mi y así, «nomá»; me contrataron el 6 de diciembre de 2016, al día de hoy sigo acá.

He hecho nuevos y buenos amigos, chilenos que, contra todo pronóstico, han sido receptivos y atentos incluso mucho más que algunos venezolanos que te encuentras acá. Me da risa porque, recién leí una publicación donde ponían a Chile dentro de los países más xenófobos del mundo; pero particularmente yo, no he sentido ningún tipo de discriminación por parte de ellos; al contrario, son curiosos de otras culturas, probar nuestras comidas típicas, aprender palabras venezolanas y algunos hasta piden que los enseñe a bailar; incluso, hasta los clientes de la empresa en la que trabajo han sido muy amables. Pero bueno, ese tipo de comentarios siempre existirán, lo que queda es vivir cada uno su experiencia para comprobar si son ciertos o no.

En Santiago también encontré al amor de mi vida, pues, el «amor de mi vida» por llamarlo de alguna forma. No sé si estaré con #Ricolás toda la vida, si me preguntan hoy, la respuesta sería sí, porque me siento muy feliz con él, pero no soy vidente para asegurar que estaremos siempre juntos, pero mientras tanto, estoy tranquila con el hecho de creer que es mi media naranja. Es cómico porque en Venezuela nadie me quiso; o quizá sí y yo ni pendiente, nunca tuve ni un novio allá, pero aquí, conocí a #Ricolás teniendo cuatro días de haber llegado y fue como que ¡wow!, es el ñoño más hermoso que han visto mis ojos.

Por si se preguntan, sí, mi debilidad son los ñoños; mejor conocidos como nerdos, cuatro ojos o gallos.

Con #Ricolás también llegó su familia, y caramba, ¡qué familia!; ellos me han recibido como una hija más, cuidándome cuando estoy enferma, apoyándome en mis ideas, ayudándome en mis proyectos y cerrando de a ratos ese vacío que vive conmigo por haberme alejado de mi familia.

Chile también me dio la oportunidad de arrendar un departamento nuevo, un sueño que pensé que no iba a llegar a vivir hasta dentro de muuuuchos años. La casa a duras penas tiene dos banquitos, pero le sobra todo el amor que podemos darle. Lo comparto con una amiga de la universidad; una que me ha tenido bastante paciencia frente a mis achaques de ama de casa desesperada.

También amo de Chile que muchos amigos muy queridos de Venezuela viven aquí, así que nos seguimos viendo, encontrando y pasándola bien, igual que como lo hacíamos en Caracas o Margarita. Celebrando la vida, haciendo empanadas, improvisando familias para de a poco, ir sanando la herida de haber dejado nuestro país.

Y claro, también le agradezco a Chile haberle dado las mejores vacaciones de la vida de mi mamá; siendo éste su primer destino fuera del país. Después les hablo de eso.

Feliz aniversario Chilito, ojalá me sigas haciendo temblar… ¡pero de felicidad!

Deseo que sean muchos más y que mejore tu política de pensiones a ver si envejezco acá.

 

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