fbpx
single-image

EL QUISCO | El peor viaje de mi vida

Trato de no comentar las malas experiencias, pero qué risa y pánico la que esta me causó

Uno es pobre, y lo peor de ser pobre es mantener la mentalidad absurda de pobreza, repitiendo en su cabeza: «soy pobre y no puedo viajar porque no tengo plata». Ese es el peor pensamiento que pueden tener, porque en efecto, nunca lograrán hacer nada.

Yo, tratando de desprenderme de esa negatividad que me hacía estar todos los fines de semana encerrada en casa sin hacer ni descubrir nada nuevo, decidí «endeudarme» pagando boletos y estadía para viajar a una playa del litoral chileno.

La playa queda como a dos horas de distancia, así que lo que gasté en pasajes y estadía para nosotros dos era un monto simbólico, que por esos días, a mi me hacía muchísima falta. Gasté aproximadamente US $120 para todo el fin de semana.

Esta compra la hice a finales del mes de septiembre de 2019 para viajar a mediados del octubre próximo. El fin de semana del 19 y 20 de octubre, para ser exactos. Pero, no contaba con que el 18 de octubre, TODO CAMBIARÍA.

El estallido

El 18 de octubre, un día antes de irnos a la playa, pasó lo del estallido. Todo comenzó a causa del aumento en el costo del pasaje; que si mal no recuerdo, sería el tercero en el año. Y pues, por más que el aumento fuera de 20 pesos, significaba un descuadre en el presupuesto mensual de la gente de a pie, porque movilizarse en bus o metro, cuesta aproximadamente US $1.50, es caro el pasaje. Esos (para algunos «absurdos») 20 pesos, al final del mes, se traducía en una cantidad considerable, teniendo en cuenta que ya era el tercer aumento del año. Pero bueno, ese es un tema que no me corresponde a mi tocar.

Lo que pasó fue que, el viernes 18 de octubre, las protestas por el aumento del pasaje se salieron de control, y desencadenaron una serie de eventos desafortunados: disturbios, saqueos, incendios, daños a los espacios públicos… ¡Una locura! Todo en un lapso de tres horas.

O sea, a las 6:00 p.m. que salí del trabajo, el metro estaba cerrado por las protestas, los buses no pasaban y toda la gente iba caminando a sus casas, «tranquilos».

Pero a las 9:00 p.m. ya la situación era otra.

Santiago colapsó, la ciudad se iluminaba con los resplandores naranjas de los incendios, la gente gritaba… Mientras yo empacaba mis cositas para mi humilde viaje.

Esa noche casi no dormí viendo noticias, fue una noche de pesadilla. Pero a la mañana siguiente, con todo el esfuerzo que implicaba levantar mi cuerpo soñoliento de la cama, me paré temprano para irme a mi playa.

El camino de mi casa al terminal fue terrible. Obviamente el metro seguía cerrado y, con tantos semáforos tirados en medio de la calle, casi no pasaban micros, ni ningún vehículo en general. Por suerte, pasó una micro, por la que tuvimos que correr mientras nos ahogábamos con el olor a lacrimógenas que había en el ambiente.

Llegamos al terminal. Todo se veía tranquilo; nuestro bus con destino a El Quisco salió y todo se veía muy bien. Recuerdo que la noche anterior hablé con mi suegra por teléfono y me dijo: tranquila, que el sábado ya nadie estará protestando. Así que confiando en eso, nos fuimos.

¡¡¡Pero todo fue peor!!!

Cuando llegamos a El Quisco, todos los negocios por los que pasábamos tenían puestas las noticias viendo lo que pasaba en Santiago, que en resumidas cuentas, seguía en caos.

Fuimos un rato a la playa, comimos, paseamos un rato mientras se hacía la hora para hacer check-in en el hotel…, pero por más que intentará distraerme, mi mente seguía en Santiago, temía por lo que pasara en mi edificio, que lo quemaran o algo así.

Llegamos al hotel y, desde que entramos a la habitación, me dediqué sólo a ver las noticias. En la tarde del sábado, todo parecía estar bajo control a pesar del desorden, así que, aproveché parte del paquete que había comprado y me fui un rato a la piscina temperada, intentando relajarme y olvidarme de la locura que había, pero no lo logré y me dio una moridera terrible que me hizo devolverme al cuarto, ¡a seguir viendo las noticias!

En la noche, todo explotó de nuevo y obviamente, mis nervios también. Me preocupaba mi casa, y no sólo la mía: la de mis suegros, mis amigos… Porque, por más que sea, a uno le cuesta tener mucho sus cosas pues, más cuando es migrante. Yo lo que imaginaba era que quemarían el edificio donde vivo y con ese incendio perdería mi título y pasaporte, ¡la peor pesadilla de un venezolano!

Con el paso de las horas, lo que temía se estaba materializando: la gente comenzó a meterse violentamente a los edificios; hubo destrozos, más saqueos, más incendios. Y yo, botada en una playa sin tener la posibilidad de proteger «mi casa».

Lo que en mi mente había planeado como un fin de semana romántico con mi esposo, se había convertido en una eterna noche de desvelo, viendo noticias, preocupada además, por la posibilidad de que nos quedáramos varados en esa playa sin poder volver a Santiago, ciudad que ya habían puesto en toque de queda ese mismo día.

A la mañana siguiente, lo primero que dicen las noticias es que las líneas de buses suspendían los viajes desde y hacia Santiago. ¡Aquí fue! Nos quedamos varados en El Quisco y sin posibilidad de pagar otra noche en el hotel.

Llamé a la línea de buses con la que habíamos viajado pero nada, no contestaban. Mi tensión aumentaba y la hora de hacer check-out se acercaba.

Así que le dije a Nicolás:

-Bueno, será irnos a dormir a la plaza, porque ¿qué otro hotel vamos a pagar? Menos mal que está entrando el verano y así no pasaremos tanto frío por la noche.

¡Yo no emigré para esto! Dios mío, ¿por qué? Me endeudé pagando una cuestión en un resort con playa, piscina temperada, restaurante, sala de masajes y todas esas cosas, ¿para qué? Para hacer lo mismo que hago en mi casa: encerrarme a ver noticias.

No disfruté nada, no conocí nada. Pasé todo ese día encerrada en el hotel, ah, porque además de todo lo que pasaba en Santiago, las regiones como que se fueron contagiando con las protestas y obviamente, llegó a la región de Valparaíso, que era donde estábamos nosotros. Por lo que también pusieron toque de queda, así que ni salir del hotel podíamos.

Pero, como al inocente siempre lo cuida Dios, tuvimos la fortuna de que mis suegros nos fueran a buscar, ¡y nunca había estado tan feliz de verlos! Agradecí a la vida que ellos tuvieran carro, que hubiesen podido pasar a donde estábamos y que hubiesen tenido la disposición para salvarnos, porque lo que yo más quería era salir de esa playa inmediatamente.

Así que, volvimos con ellos. La línea de buses nos hizo el reintegro de los pasajes. Si me preguntan que conocí de El Quisco, la respuesta es: nada. Sólo estuve como una hora en una playa, a la que no me metí porque hacía frío y ya, de resto fue encerrada en un hotel.

Ah, y que almorzamos ese sábado en un restaurante muy bonito. Ya, eso fue todo. En eso gasté mi corto presupuesto, mi endeudamiento, mis ganas de liberarme del pensamiento de pobreza.

Y de fin de semana romántico, les cuento, que ni un abrazo le di a mi esposo. Así que, en esa frase se resume el paseo que durante todos los días previos, me tuvo tan emocionada.

Qué desgracia…

You may like