Oh, la madurez… Nadie tuvo la decencia de hacer spoiler de lo que venía.
Vivir sola trae consigo, además de una «mediana» independencia (porque mi mamá me sigue llamando para saber dónde estoy, qué estoy haciendo y si comí), unos inexplicables achaques de vieja que no tienen sentido ni origen, solo aparecen y ya.
A pesar de ser periodista, mi trabajo no es tan dinámico como se creería, paso de lunes a viernes sentada frente a una computadora de 8:00am a 5:00pm, escribiendo textos de salud y matando tigres a distancia. Estando sentada en mi cubículo de la redacción, puedo hacer mil cosas pero ninguna implica un movimiento mayor. Ahí está el punto, cómo es que si paso todo el día sentada frente a una computadora, ¿llego tan cansada a mi casa? Quiero decir: hago lo mismo que hacía durante el período de mis 14-19 años, estar todo el día sentada frente a una computadora.
Llegó la abuela
Suelo ser muy hiperactiva, pero al llegar a mi casa del trabajo no tengo ganas de nada, solo llego, me tiro en la cama un rato mientras agarro fuerzas para pararme a bañarme y cocinar, puedo dejar escapar entre 30 minutos y dos horas, dependiendo de mi ánimo. Luego de cuatro meditaciones y 14 mantras, logro ponerme de pie y hacer mis cosas.
La calidad de mi cocina ha desmejorado, recuerdo que cocinar para mi era un placer, luego llegué a este punto donde mi menú se basa en la misma y poca creativa pasta con atún que me lleva 20 minutos hacer. Todo esto con la intención de terminar y volver rápidamente a mi cama, para que no me agarre el tarde despierta. Véase el «tarde» como las 9:00pm.
Amigos, les digo, crecer está mal. Con la madurez llegan los gastos, responsabilidades, pesares y achaques, sí, esos mismos que no te permiten salir los viernes en la noche porque prefieres dormir que parrandear por ahí.
Ahora comprendo a mi madre cuando llegaba cansada del trabajo. Y sé que ahora con la edad que tiene debe ser peor.
Los dejo, debo tomarme la pastilla de la tensión.
P.D.: La imagen de It me pareció divertida.

Comenta