Recordé porqué no soy tan afín a la religión
A lo que a religión, pasajes bíblicos, mandamientos y semana santa se refiere, soy la más ignorante de la familia. No lo tomen a mal; soy católica y creyente, pero hay ciertas cosas y actitudes de los feligreses que no comparto; por lo tanto, mi creencia y devoción es muy particular y propia.
Este año fui a visitar al Nazareno de San Pablo; la primera visita que le haría, esto como parte del pago de promesa por la recuperación de mi hermana. Consideré que ir a visitarlo era una acción bastante significativa para alguien tan distante de la religión como yo.
Nada de morado
Hice una promesa, sí, pero la hice bajo ciertos parámetros y condiciones. Es verdad, estoy segura de que el Nazareno me cumplió; mi hermana está bien, recuperada y libre de cáncer; pero no iba a caer en la ¿hipocresía?, de ponerme una túnica púrpura para recorrer el centro de Caracas; lo siento, no critico a quienes lo hagan; mi mamá y hermana lo hicieron, pero en mi caso, sentí que vestir una prenda morada, le quitaría la seriedad y convicción a la promesa que una vez hice, así que cumplí como sentí en mi corazón.
Asistí a la misa; mostré respeto y agradecimiento, pero nunca dejé de ser yo; los Converse y el morral que me representan, también formaron parte de la visita.
Anécdotas para contar
Me llamó poderosamente la atención el hecho de que miles de feligreses llevaban a otro nivel su sacrificio de promesa, además de la túnica morada, muchos hicieron la cola descalzos (mi hermana fue una), otros con una suerte de representación de corona de espinas, y unos pocos más extremos, cargaban cruces que simulaban la llevada por el Nazareno original. Ok, una gran devoción, una vez más, no me sentí parte de esta religión que supone dolor. Aquí la duda está en, ¿por qué debes sufrir si ya él sufrió por ti? Esto en realidad no es una duda, más bien es una percepción. Solo pregunto: caminar descalzo, con una corona de espinas y con una gran cruz, ¿te convierte en un mayor creyente?
Otra cosa, un hecho curioso y chocante que no debo pasar por alto. Después de la segunda hora de cola para entrar al templo, una mujer oficialista se acercaba a las personas de la fila a recoger firmas para que Obama derogue el decreto. Ya va, ¿en serio? ¿Me vas a seguir en una cola que no tiene NADA QUE VER CON POLÍTICA para que firme tu tonto papel?
Parece que así funciona la lógica chavista. Como era de esperarse, alguien rechazó de manera contundente la invitación a firmar. Ya sabrán que pasó después, y tienen razón, tuvimos que aguantar como media hora de cola escuchando a esa mujer peleando, hablando mal de Capriles, de Ledezma y de Raimundo y todo el mundo que forme parte de la oposición, en un contexto casi poético, donde el fondo púrpura de los feligreses contrastaba la personalidad endemoniada de esta señora.
Lo más interesante es que después de librarnos de ella, nos topamos con otro, mil veces peor. Porque no hay nada mejor que defender incorrectamente tu patria en Semana Santa.
La mayor odisea
Finalmente entramos a la basílica, luego de cuidar los pasos de mi hermana como si se tratase de un bebé, pasar más de tres horas haciendo cola y soportar un calor inclemente. Adentro no era mejor que afuera, todo lo contrario, el caos era mayor, el sudor de los católicos se fusionaban entre si, en lo que era una masa enorme y púrpura de personas desesperadas por entrar a ver al Nazareno.
Mi mamá no lo resistió y tuvo que salir de inmediato, yo caminé un poco más, con mi hermana enganchada en la trabilla del pantalón para proteger sus pies descalzos; volteé a verla. Lloraba.
La gente seguía entrando y saliendo, empujones, gritos, insultos y hasta ofrecimiento de golpes hubo en ese lugar sagrado, una oportunidad más para confirmar que el egoísmo y la violencia forman parte del ciudadano. Aunque no disfruté la experiencia, estoy satisfecha de haberla vivido, porque me sirvió para confirmar que no está mal la manera en la que «demuestro» mi fe.
La religión es un tema muy delicado, tal como la política, podría crear divisiones y grietas familiares. No sé que sintió Sofía al entrar al templo, no puedo explicar porqué lloraba ni describir la devoción que exponía sus ojos rojos y aguados, no experimenté tales sensaciones, lo único que puedo asegurar es que, en medio de tanto caos, desorden y hasta violencia, me sentí feliz y agradecida de estar cuidando los pasos de ella, mi más grande heroína.
Gracias, Nazareno.
Gen-


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