El avión de la transición del 0212 al 0295

Avión

Me monté en un avión y me fui, fueron muchas emociones para una misma semana

El domingo 05 de abril finalmente llegó; mis maletas estaban listas, mi pasaje preparado y mis emociones a flor de piel. Esa madrugada no pude dormir; tenía una mezcla de nervios; con miedo y melancolía, los pensamientos me atacaban mientras al fondo escuchaba la ráfaga de tiros que solía arrullarme, típico de Caracas.

Amaneció, yo más activa y enérgica de lo normal; me levanté de la cama, me arreglé y ya en menos de 15 minutos estaba lista para salir. Mi vuelo salía a las 9:45 a.m., así que debía salir de la casa máximo a las 6:00 a.m.; tenía dos maletas, un maletín y un morral, mi hermana Sofía se levantó para acompañarme al aeropuerto.

Su paso era mucho más lento que el mío; algo comprensible, porque, ¿a quién le va a gustar despertarse un domingo a las cinco de la mañana? Sin embargo, ella se paró dispuesta a ayudarme con las maletas; pero no podía ocultar su tristeza por irme de su lado, en esta ocasión, a un avión y dos camionetas de distancia.

Terminal de ideas 

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Llegamos al aeropuerto nacional; después de una matutina y poderosa dosis de reggaetón dada por el conductor de la camioneta hacia Maiquetía. La entrada al terminal aéreo estaba minada por hombres que te atacan para envolver tu maleta en plástico transparente; así que como que si de un campo minado se tratase, los evadimos a todos. Fuimos a envolver las maletas con otra gente al otro polo del aeropuerto.

Hicimos el ckeck in, le pedí por favor al hombre de la aerolínea que me asignara un asiento hacia la ventanilla, me dijo que estaba bien, así que confié en que lo haría. ERROR: me dio el asiento hacia el pasillo, quería como matarlo. En fin. Sofía y yo caminamos por el aeropuerto buscando un lugar donde desayunar, apenas eran las 7:00 a.m., pero estábamos batallando arduamente con el hambre. Yo no tenía plata, así que ella me brindó, las empanadas más caras de todo el planeta, qué más íbamos a hacer, no había mucha variedad de comerciales de ese lado del aeropuerto, así que nos comimos esa lujosa fritanga y nos resignamos.

Después de comer nos tiramos en el piso a ver a la gente pasar, inventando historias de lo que le pasaba a cada quién: gente esperando al amor de su vida, gente esperando a sus familiares, gente acompañando a sus familiares y me imagino que gente esperando un milagro; mi hermana y yo veíamos como pasaban las horas y el nudo en la garganta se hacía más grande conforme pasaban los minutos.

Lo sé, no me iría de Venezuela, solo cambiaría de residencia en el mismo país, pero es inevitable no sentirse melancólico por todo lo que dejas atrás: familia, amigos, lugares y ese montón de recuerdos escondidos en los rincones de la ciudad. Me estaba haciendo la fuerte, pero sentí que en algún momento se quebraría ese mural de dureza que había hecho.

Llegó el momento de pasar a la zona de embarque, ahí si que no aguantamos más, Sofía y yo nos abrazamos y las lágrimas empezaron a salir, no quería separarme de mi hermana, quería como meterla en una maleta y llevármela conmigo, pero, la vida se trata de eso, de superar esos momentos y seguir.

Entré y volteé a verla, despidiéndose de mi y llorando, no, eso fue muy fuerte para mi, estaba que salía corriendo y me regresaba a la entrada del aeropuerto, pero bueno, hice de tripas corazón y seguí caminando, mientras me sacaba la correa, las monedas del bolsillo y el collar para poder pasar por el detector de metales. Me fui a la puerta de embarque a esperar y tratar de minimizar mi tristeza.

Me monté en el avión, molestándome por no estar hacia la ventanilla y haciéndome la loca para que la señora que tenía al lado dejara de sacarme conversación. La rabia llegó cuando el avión despegó como con solo 10 personas a bordo y no pude cambiarme de asiento.

El vuelo lo pasé entre la rabia por no poder cambiar de asiento y la tristeza de dejar Caracas.

¡Hola Margarita! 

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Llegué a la isla, todo fue muy rápido, no esperé ni 30 minutos a que salieran mis maletas, algo lógico, por la poca cantidad de gente que venía en ese avión. Salí a esperar a mi mamá, sí a mi mamá, ella fue la que me buscó en el aeropuerto, se había venido el viernes anterior y ya tenía cuadrado como buscarme y ayudarme con la mudanza. Llegó en una PickUp y nos fuimos a la que sería mi nueva residencia.

El calor era inclemente, pero la brisa que pegaba buscaba la forma de retractarse, rodamos camino al apartamento, en unas vías limpias y con poca afluencia de motorizados, na’ guará, y eso que estamos en el mismo país, pero no tenía que ver nada con Caracas, eso sí, las distancias en Margarita son demasiado largas, al menos para mi. Qué desesperación.

Después de perdernos buscando la dirección, finalmente llegamos. La residencia está justo al lado del periódico, es un edificio comercial de tres pisos y bien ubicado, el apartamento es grande, cómodo para las tres muchachas que vivirían ahí. Ya dos estaban establecidas en ese apartamento, una periodista y una fotógrafa, así que el cuarto que quedaba vacío sería el mío. El cuarto bastante cómodo y bien acondicionado, estaba maravillada con lo que estaba pasando. Lo conocí, me dieron las llaves, me dijeron cual sería mi cuarto, dejé todo tirado y me fui corriendo a la playa.

Nuestra tarde en la playa Pedro González fue maravillosa, es muy bonita y mágica, la pasamos súper bien, aproveché de ir esa misma tarde porque el lunes comenzaría a trabajar y después no me quedaría tiempo de nada. Mi mamá y yo estábamos encantadas, pero entonces no podía dejar de pensar que ella se iría y yo me quedaría aquí sola. La tristeza ataca de nuevo.

Primer día de trabajo 

Debía ser el lunes el día que empezaría a trabajar, pero, debía hacerme los exámenes de pre empleo, así que me lo dieron libre, ese día me perdí yendo a la 4 de Mayo buscando una farmacia y me quemé la espalda, pero por lo menos la perdida me sirvió para conocer. Me hice los exámenes y me fui a ver a mi mamá en la Plaza Bolívar. Pasé el día con ella en Porlamar y después me regresé a la residencia en moto, disfrutando de la brisa yodada porque YOLO.

El martes, se suponía que empezaría a trabajar después de asistir al examen físico, así que, fui al periódico después de salir del médico, había reunión en redacción y me lo dieron libre también, llamé a mi mamá y paseamos por la 4 de mayo, luego nos fuimos a la playa La Caracola. La realidad llegó el miércoles cuando sí me tocó trabajar.

El periódico 

Ahora sí empecé formalmente, somos dos en la sección, y el trabajo es muchísimo. Ese mismo día me fui de pauta a Lidotel para conocer el movimiento en los eventos, fuimos a una cena que olía a puros dólares, jajajaja, pensé que la gente bella y rica era una especie en extinción en  Venezuela.

Acá seguimos, esperando que las pautas me sigan sorprendiendo y esperando que los días se hagan eternos para que mi mamá no se vaya.

Les mando abrazos con olor a pescado, hijo er diablo.

Gen-

Respuesta

  1. Avatar de Y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía

    […] vivía en Margarita, estaba nueva en la isla y era muy poca la gente que conocía. No sé si es por inseguridades […]

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