El destino y su maña de montarme en un avión
En una oportunidad les hablé de Kaky, sí, la misma amiga por la que lloré gracias a que se iba del país, ella es la única responsable de todo este desbarajuste ético y moral que cargo.
Debido a que se iba del país, Kaky decidió hacer una suerte de despedida, que en realidad solo se trataba de una excusa para reunir a varios de sus amigos para beber, así que, después de mucho pensarlo, fui.
Al llegar, me encontré con un pana que había trabajado con nosotras en la radio, un periodista que había conocido en la universidad y cuya pasión por los deportes le había hecho recorrer varios lugares de Venezuela.
-Yo te hacía viviendo en Margarita, le dije cuando lo vi.
–Sí, pero renuncié y me regresé, me contestó. Toda esta cuestión de Kaky me sirvió para sacarle información de cómo había llegado hasta allá, de qué había vivido y obviamente, cómo había hecho con su lugar de residencia. La conversación fue entretenida y muy interesante para mi, que siempre ando en búsqueda de un lugar dónde vivir en el que me sienta bien.
Así fue, él me dejó todos los datos del contacto, el punto clave para laborar allá en mi área, el periódico que le abrió las puertas para vivir en la isla. Sin esperar más, el lunes siguiente después de verlo, envié mi CV con la esperanza en que me llamaran y poder solucionar las cosas que tanto me atormentan.
La primera llamada
El primer contacto telefónico no tardó nada, envié mi CV por la mañana y ya al mediodía estaba contestándole el teléfono a la Analista de RRHH que se comunicó conmigo.
–¿Estarías dispuesta a venir a Margarita por una entrevista?
–¡Claro!, dije sin pensarlo.
–¿Tienes algún lugar donde alojarte en la isla?
–No, no tengo familia allá.
–Ok, no hay problema. Nosotros te ayudaríamos con la vivienda.
Después de contestar un par de preguntas, colgué la llamada. Al día siguiente me llamaron otra vez y luego, paso tiempo para que volvieran a comunicarse conmigo.
Todo llega junto
Hubo cambios en la revista en la que trabajaba, un cambio de escritorio y una fusión entre las dos revistas de salud de la editorial. Un cambio de puesto, la mudanza del escritorio, un sitio más cercano a mis amigos del trabajo…, me sentía bien, sentía como si se trataba de un nuevo comienzo.
Justo al día siguiente de mudarme de escritorio, mi jefa me llamó a una reunión con la directora de la revista Ronda. El año pasado había pedido el cambio a esa revista por múltiples razones, y RRHH me lo había negado por una cuestión de contrato; ahora, Ronda era la que solicitaba el cambio, me necesitaban para cubrir una vacante en la redacción; acepté sin pensarlo.
Salí entusiasmada, wow, me habían dado la oportunidad que hacía un tiempo pedí, y estaba feliz de comenzar en una nueva fuente, con nuevas pautas y con nueva gente. Al salir de la oficina de la que sería mi nueva directora, sonó mi teléfono. ¡Sorpresa! La gente de Margarita.
–Hola, te conseguimos pasaje para venir el martes.
Me están llamando un viernes para decirme que me voy el martes, ah ok, no ha pasado nada, relájate y vete para tu entrevista, pensé.
–Tendrías la salida para el martes a las 12:45 p.m. y el retorno para el miércoles a las 11:00 p.m., ¿estás de acuerdo?
¡¿ONCE DE LA NOCHE?! Me voy a morir. Pensaba mientras daba una respuesta positiva a la pregunta.
–Claro, no hay problema, a las once de la noche será.
Estaba bañada en estrés, ¿a quién le iba a pedir permiso para viajar?, ¿a mi nueva o antigua jefa?, ¿cómo voy a salir de Maiquetía a las 11 de la noche? No estoy preparada para este tipo de situaciones.
Finalmente tuve el permiso en el trabajo y compré otro pasaje de regreso, uno para el miércoles al mediodía. Excelente, preparé mi viaje y me fui.
Luego de ser super india en el aeropuerto, por no tener idea de a dónde ir, a quién preguntarle, dónde hallar las puertas y cómo hacer check in (era mi primera vez sola en un aeropuerto, prácticamente, la primera vez en un aeropuerto), esperé, esperé, caminé, esperé más y embarqué el avión, mientras corría por todo el terminal con una pizza en la mano que había dejado por la mitad.
Subí al avión, asegurándome de que todas mis cosas estuvieran conmigo, la paranoia era demasiada, no quería olvidar nada. ¿Tengo el cargador?, ya va, ¿dónde metí mi monedero?, ¡¿ACASO BOTÉ EL CELULAR?!, pensé con miedo mientras dejaba pasar desapercibido el hecho de que lo tenía en la mano. Ok, todo bien. Ahora a buscar el asiento.
Mátenme, no puede ser. Me toca justo en el medio, fuck, espero que al lado no me toque ningún paranoíco ni loco que me tape la vista por la ventanilla, bueno, si pasa mucho tiempo y no ha llegado nadie, quiza pueda pasarme al puesto de la ventana. Una vez más, Murphy me recordó su tonta ley, y para hacer de este, un vuelo de ensueños, me tocó un señor mayor hacia la ventanilla y una señora con miedo a los aviones hacia la orilla. Bueno, por lo menos tenía tres argentinos guapos atrás, pero lo mismo que tenían de guapos lo tenían de escandalosos. Qué tanto, es un vuelo corto, ya llegaré. Debo decir que casi que aterricé sin pecho a Porlamar de todos los golpes que me dio la señora por los nervios que tenía.
Hola Margarita
Después de bajarme del avión y luchar con el vestido para que la brisa en la pista no lo levantara, pasé al aeropuerto para buscar el carro que me llevaría al periódico. El Yaque – Porlamar, Dios santo, más cerca es Caracas – Maiquetía, estuve como hora y media rodando para llegar al lugar.
El calor era inclemente, el sol me achicharraba más el cabello, y el morral lo sentía más pesado, todo era una locura. Finalmente me atendieron, la misma mujer que me llamó para confirmar el vuelo y la entrevista.
Las instalaciones son pequeñas, cuenta con un área de descanso y distracción para los que allí trabajan, la gente te trata muy bien y es un lugar bastante tranquilo. Tuve la entrevista con RRHH, con la directora ejecutiva del periódico y con la dueña, con las tres tuve buen feeling. Al final de la tarde ya tenía una buena oferta de trabajo, una habitación esperándome en Margarita y un pánico terrible por dejar a mi familia y amigos. Lo tomaré como un propedeútico para cuando me vaya del país, así que, con entusiasmo acepté.
La gente del periódico me reservó una habitación en un hotel muy bonito para pasar la noche, la verdad es que el lugar superó mis expectativas, estaba abrumada por todo lo que estaba pasando y por lo que estaba viviendo, pero a pesar de que estaba contenta, no podía evitar sentirme mal por la otra oportunidad que me habían brindado en el trabajo, sentía melancolía de rechazar el cambio, y no dejaba de pensar en la jefa que pensó en mi como opción para cubrir la vacante. Esa noche casi no dormí.
El regreso y la realidad
Llegó el día miércoles, me tocaba regresar a Caracas sin ver playa, sin ver arena y sin siquiera aprovechar a piscina del hotel. Desayuné en el hotel y me fui al aeropuerto. Allá aproveché de comprar algunas cosas para mi mamá, mi hermana, y amigos cercanos del trabajo, me fui sin nada de plata, así que realmente lo que hice fue llorar mientras hacía mis pequeñas compritas.
La mente me atormentó durante todo el camino, creo que me hubiese resultado más fácil decidir entre dos hombres que entre dos trabajos, amo lo que hago, amaba las dos ofertas y era terrible porque no quería dejar ir a ninguna. Lamentablemente me decidí por la opción que me daba tranquilidad y paz mental a nivel personal: Margarita.
Pasé el ataque moral, ético y sentimental. Llegué el jueves a mi nuevo puesto de trabajo, el cargo de redactora en Ronda en la que solo estaría 15 días, era un sentimiento terrible, pero ya la decisión estaba tomada. El jueves en la mañana empecé como periodista de espectáculos y el jueves por la tarde renuncié.
Lo había deseado tanto tiempo que el guayabo era inevitable, le dije a mi nueva directora y aseguré que le cumpliría con el trabajo hasta fin de mes, y así será.
Me voy a vivir a Margarita, el 6 de abril será mi primer día, me voy con miedo y con nostalgia, me voy dejando a un lado un cargo que me pudo haber dado la trayectoria que tanto soñé, me voy dejando a mi mamá, a mi familia y a mis amigos, pero hay algo que no tiene precio y es la tranquilidad mental.
Si así me siento ahorita, no quiero imaginar al salir de Venezuela.
Ya les contaré como me trata la isla.
Abrazos,
Gen.


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