Un año desde que me fui de Venezuela, aún no pierdo mi acento ni el amor por las empanadas
Todavía recuerdo los días previos al viaje. No dejaba a mi mamá ni a sol ni a sombra, dormía con ella (los pocos días que pude dormir), no paraba de ver los álbumes de fotos, las cartas escritas por mis amigos, regalos y hasta cuadernos del liceo y la universidad…, no cesaba el llanto. ¿Soy yo la única que ha vivido tal ataque de ansiedad antes de salir de Venezuela?
No era del todo ansiedad, además era miedo, pánico a lo que se venía; tampoco es lo mismo salir de viaje por placer que a vivir, a un lugar desconocido que no te es nada familiar; no tener esa base que te da tu país, de tener por lo menos un seguro médico y alguien que te preste plata cuando necesites. Estaba aterrada.
Así pasó
Antes de irme a vivir a Bogotá el único viaje internacional que había hecho fue a Aruba donde no estuve ni 24 horas porque solo fui a cubrir una pauta y regresé a Margarita, así que todo era muy nuevo para mi; hablar de pesos, dólares, seleccionar qué llevaría en la maleta, rehacerla una y otra vez… En fin.
Llegué a Bogotá y ya saben todo lo que pasó: la maleta, la hospitalización, la visa y todo lo demás. Sin embargo, no conocen los detalles. Esos amigos maravillosos que conocí, las fiestas, los paseos por la 85, las perdidas en la ciudad, el amor por los buñuelos, mi favoritismo por el SITP en lugar del Transmilenio, la cantidad de áreas verdes, las chaquetas, las bufandas y los paraguas rotos por los palos de agua.
Fueron seis meses en los que viví la capital colombiana, vivirla así con sus trancones y su estrés por los ciclistas, con la fría llovizna de la mañana mientras esperaba bus en el paradero; a pesar de todo me enamoré de esa ciudad, yo en serio la amaba y me sentía tranquila en ella. Salía feliz a trabajar a la editorial y al local de ropa de Stephy ubicado en San Andresito, los encuentros con Liss y las largas conversaciones con Julieth y Lorena, amaba los paseos a los que siempre me invitaban los maracuchos que me adoptaron, Deniris y Jean.
Me encantaba encontrar cosas económicas y comer barato en el centro, pedir domicilios de cualquier cosa, hacer mercado en el D1 y todas esas cosas, pero Bogotá no se enamoró de mi y me dejó en la friendzone, así que antes de caer en un «amor prohibido» (cosa que iba a pasar si me quedaba ilegal en Colombia), opté por volver a pasar el proceso inicial: ansiedad, hacer maletas y priorizar propiedades. Debo confesar que luego de que me negaran la visa estuve evaluando varias posibilidades, entre ellas y la de más peso: volver a Venezuela.
Me negaba a aceptarlo, no quería regresar. Más que regresar «derrotada» significaría más nunca volver a salir. Me costó muchísimo viajar una primera vez, les he contado claramente que conté siempre con la ayuda y apoyo de una persona muy querida que estuvo dispuesta a respaldarme en cualquier decisión. Así fue como después de meditarlo, preguntar entre mis conocidos y evaluar opciones con mi familia, decidí venir a Chile.
¿Por qué Chile?
Pues, principalmente porque aquí estaba un amigo que me brindó su apoyo para dar ese salto, con una frase mágica: vente para acá, te quedas conmigo mientras resuelves. Confía en mi, le hice caso y elegí confiar, casi que ciegamente en él esperando que nada fallara. Claro, igual en Santiago contaba con otro amigo que sería mi comodín en caso de emergencia.
Gracias a Dios, con mi amigo viví súper bien. Me dio techo, abrigo, me sacó las pulgas y desparasitó, jajaja. Estuve un mes y medio con él; tiempo que tuve para solicitar mi visa con la ayuda de una maracucha muy querida (¡viva el Zulia!), reunir y poder pagar una habitación aparte. Estaré eternamente agradecida con él, porque fue quien me convenció a venirme para acá, donde todo ha salido al pelo.
Santiago es una ciudad agitada, por momentos me recuerda a Caracas; obviamente no tiene las mismas características de Bogotá, pero me encanta. Es una ciudad con historia, mágicos rincones, sitios bellísimos…, aunque si me preguntan, sentí más «segura» Bogotá que Santiago, claramente nada se compara con Caracas.
365 días
Ahora; luego de haber cumplido un año de salir de Venezuela de los cuales, seis meses tengo en Santiago; me siento igual que siempre; solo que con un poco más de experiencia en hacer maletas. Sigo teniendo los mismos sueños y la misma personalidad escandalosa pero tímida que ustedes conocen. No he perdido mi acento, no he perdido las ganas de ir a Margarita, no he perdido el amor por las empanadas ni por las cachapas, y sigo extrañando a mi familia como el primer día.
No diré que soy débil por haber salido de Venezuela y no quedarme a «luchar» por ella; tampoco diré que soy fuerte por haber superado las adversidades de emigrar y aprender a sobrellevar el estar lejos de mi familia. Solo diré que soy una versión «mejorada», que ahora tiene las herramientas para enfrentar las cosas de una forma menos complicada. Veo las situaciones con otros ojos, con más cautela, lo malo de esto es que ahora la indecisión está más afinada (por decirlo de alguna forma), porque al ser «tú sola» contra el mundo, cuesta más remendar los errores.
Aprendizajes
A Colombia agradezco las dificultades; porque ellas me hicieron más «cabeza fría». Agradezco los grandes amigos y los buenos momentos juntos, la gran oportunidad laboral, las áreas verdes, las salidas en bici y claro, el propedéutico que me dio en bajas temperaturas.
Pues, a Chile agradezco la oportunidad de dejarme vivir acá, el hacerme conocer las cuatro estaciones (aunque por lo momentos, aún no he vivido el invierno), un empleo fascinante, el darme nuevos amigos, el afianzar la amistad con los viejos y la más grandiosa familia adoptiva que he podido desear, personas que han aligerado mi carga y me han hecho sentir como en casa.
Y a Venezuela claramente le agradezco todo. Lo que soy, la mejor familia del mundo, una mamá maravillosa, mi «aspecto tropical», mi vida en la isla y los amigos que ahora tengo regados en todo el mundo. A Venezuela la amo; y aunque no me arrepiento de haberla dejado, siempre hablo de ella con amor y entusiasmo.
Luego de haber vivido éste año puedo decir: qué bien se siente que a uno lo quieran en tres países.

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